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19/02/2008 10:11:11 - 530 lecturas
EL CURA ES UN ASESINO

Hay un cura asesino condenado a cadena perpetua que, para la Iglesia católica es siempre sacerdote. La jerarquía eclesiástica calla y espera. ¿Pero qué espera?

Cuando un sacerdote traiciona las reglas de su misión, la Iglesia lo aísla de los fieles : lo suspende a divinis. Sólo que ninguna medida ha sido tomada respecto del sacerdote Cristian von Wermich, encerrado en un cárcel de Buenos Aires. Testigos y documentos probaron su responsabilidad en siete homicidios, 42 arrestos ilegales y 31 casos de tortura durante los años de la dictadura militar en ese país.

Maurizio Chierici*


Palabras de von Wermich: "No odien a quién los está torturando, es voluntdad de Dios". Eran sus frases para confortar a las víctimas en las cuatro prisiones –secretas e ilegales– en los alrededores de Buenos Aires. Los militares lo invitaban a hacer de espía y el cura utilizaba el sacramento de la confesión para hacer hablar a los prisioneros que no se doblegaban con la tortura. ¿Para decir qué? Nombres de compañeros de escuela escandalizados por la violencia desatada por los generales de la P2; charlas entre estudiantes.

Von Wemich confesaba con la doble moral de un malandro. Los incitaba a entregarse al perdón de Dios y si la entrega interesaba a la policía, él delataba –y otra persona desaparecía.

Hace cuatro meses, veía a von Wermich en la pantalla de TV, cuyo tamaño parecía estirarle el rostro, ante el Tribunal de La Plata, indiferente mientras los jueces leían su condena. Apenas una sonrisa despreciativa, como diciendo, "en algún tiempo saldré de ésta".

En los apuntes encuentro páginas que el silencio de la Iglesia obliga a recordar para comprender lo que sucede.

Héctor Timmerman, cónsul general de la Argentina en Nueva York relata lo que su padre –Jacobo Timmerman, director de un diario independiente– escribió a propósito de este sacerdote:

"Estuvo presente en mis interrogatorios, y cuando la venda que me tapaba los ojos se caía por efectos de las descargas eléctrica, veía a von Wermich sentado al lado del jefe de Policía de Buenos Aires, Ramón Camps. Me miraban como se mira la agonía de un perro".

El testimonio ante el tribunal de María Mercedes Molina Galarza, conmueve. Nació en una clínica secreta, von Wermich la bautizó prometiendo a María Mercedes y a otro muchacho, "tranquilos, los acompañaré a la frontera. Vuestra pena será el exilio".

El cura entregó la bebé a sus abuelos, gente devota que se había puesto en contacto con él para saber de su hija desaparecida. "Ella aparecerá viva, tal vez en un año, quizá desde otro país. No puedo decir más". Con la pequeña en sus brazos, el corazón de los abuelos se llenó de esperanza y confianza. Prepararon una maleta con ropa y algún dinero.

Les dijo von Wermich: "Necesitará dinero, yo se lo entregaré personalmente". Perp el viaje de Liliana Galarza y de su compañero fue un viaje breve. Julio Emmenden, policía condenado por siete delitos lo relata:

"El padre Cristian von Wermich bendice a los prisioneros esposados y se acerca al automóvil donde esperaba Jorge Bergés, médico policial, 'ahora son de ustedes', dice. Entonces me acerco con la pistola en la mano y cuando los subersivos la ven intentan desarmarme, pero están esposados. Los golpeo con la culata del arma, los desmayo e interviene el médico. 'Dos inyeccioines a cada uno, siempre en el corazón'. El líquido es rojo, un veneno. En estado de shock los veo morir. Pero el padre von Wermich me reconforta diciéndome: 'lo has hecho por la patria; Dios sabe que has actuado por el bien de tu país'. Tenía las manos sucias de sangre y sangre había en la sotana del padre..."

Las voces son muchas, los documentos exactos; cae la dictadura y von Wermich desaparece. Pasa a Brasil, luego lo encuentran en Chile: un semanario de Santiago lo fotografía mientras imparte la comunión no lejos de la capital. Usaba un nombre falso, nadie sospechaba. ¿Es posible que la Iglesia chilena haya confiado el cuidado de una parroquia a un sacerdote argentino sin saber quién es o por qué ha sido enviado desde Buenos Aires?

Misterio que se pierde en la red de los capellanes militares.

Cinco minutos después de ser condenado el comunicado de la Comisión episcopal argentina: ¿Por qué cinco minutos después y no cuatro años antes, si los delitos de von Wermich estaban documentados desde mucho antes?

Martín de Elizalde, obispo de la diócesis en la que cumplía su ministerio von Wermich pide que el religioso "sea asistido hasta tanto comprenda y repare el daño que ha ocasionado y que por su actitud personal la institución no sea afectada". Da a entender que el procedimiento de la Iglesia necesario para tomar una decisión llevará tiempo. No explica cuánto tiempo.

Al final es uno de los tantos sacerdotes que abrazaron los ideales fascistas de las dictaduras. La trama del Plan Cóndor extiende la complicidad de los capellanes de los escuadrones de la muerte: América Central, Argentina, Brasil, Chile, Uruguay, Paraguay. ¿Con qué argumentos se volvían a Dios mientras daban una mano a los asesinos?

A cuatro meses de la sentencia que la Iglesia permanece en silencio. Es bueno aclarar que las relaciones diplomáticas entre el Vaticano y la Argentina están congeladas por un brazo de hierro que divide al ex presidente Néstor Kirchner y a su cónyuge, la actual presidente, de la burocracia de la Iglesia romana.

Hace tres años Kirchner nombró embajador ante la Santa sede a un ex ministro, Alberto Juan Bautista Iribarne, un señor divorciado y vuelto a casar –como, por otra parte, cuatro millones y medio de argentinos, y como Berlusconi, Fini y Casini, considerados por monseñor Ruini, "ejemplos de católicos en política". El Vaticanao no acepta a un embajador que rompió los votos matrimoniales; un país burgués y devoto está representado ahora –haciendo honor a una rutina gris– por un encargado de negocios.

La comunicación no está rota, pero se hace evanescente justo en momentos en que el Congreso en Buenos Aires decide disolver el obispado castrense, que formado por pastores guías espirituales de los capellanes militares. El pasado continúa intimidando el presente. Los capellanes de uniforme acompañaron el golpe, obedeciendo a los obispos que apoyaron la dictadura de los generales,

El de von Wermich es el primer caso que encontró solución en los tribunales, pero los nombres son muchos y se anuncian otros juicios.

Ser divorciado y vuelto a casar tienen la misma importancia y se pone en el mismo plano que haber hecho desaparecer muchachos sin culpa utilizando el secreto de la confesión, pero la solución es fulminante: no es adecuado el embajador, vemos qué sucede con el cura asesino.

El clero argentino está dividido, obispos rígidamente contra el gobiernos, y obispos dispuestos a encontrar una solución. Monseñor Casaretto, secretario de la Comisión Episcopal, descendiente de genoveses y presidente de CARITAS, que salvó del hambre a millones durante la última crisis económica nunca ha dejado de dialogar; mientras, a la cárcel donde está encerrado von Wermich se han transferido militares y policías luego que Kirchner anuló las leyes de Punto Final y Obediencia Debida impuestas por las FFAA para pemitir la "pacificación" nacional.

Muchos de estos presos esperaban el juicio en cómodos cuarteles militares, con piscina, gimnasio, etc... Hoy se encuentran en el lugar donde debieron haber estado desde el primer día. Von Wermich los reúne en rincones solitarios, asumiendo el aspecto del confesor; celebra la misa y recibe el trato deferente que es habitual hacia los religiosos en las cárceles argentinas.

El silencio de la Iglesia continúa. Tal vez los obispos crean en las mentiras a las que se aferra von Wermich, que se declara víctima de complots, sin aportar pruebas, en tanto las brindadas por las víctimas que sobrevivieron sí estuvieron a disposición del Tribunal.

En Buenos Aires y El Vaticano la jerarquía católica está empeñada en defender el derecho a la vida desde la concepción hasta la muerte natural. ¿Este derecho a la vida prevé la condena de quien quema la vida con torturas y otros delitos?

Pasa el tiempo y se agrava el perfil moral de un asesino que ostenta dignidad sacerdotal mientras la jerarquía medita dubitativa acerca del horror de la culpa demostrada por la justicia civil. La sobrevivencia en el tiempo del sacerdiote von Wermich es el asombro que golpea no sólo a los creyentes. Y el misterio de los obispos sin palabras insinúa en la fe de los católicos la sospecha de un escándalo institucional.

Sólo algún obispo ha pedido perdón a las víctimas. Lo que no basta: mientras la memoria de un pasado doloroso sacude a cada comunidad: desde el recuerdo del holocausto, a la España comprometida a volver a leer los crímenes de la Guerra Civil. Imposible imaginar para von Wermich la levedad de una exclusión sin la suspensión a divinis que alcanzó al final a Marcial Maciel, fundador de los Legionarios de Cristo, húsar de una iglesia combatiente para la conquista del mundo. Murió hace pocos días en Estados Unidos y el Observador Romano (diario oficial del Vaticano) escamotea su memoria; lo sepultarán en su México donde los Legionarios se mezclan con la política del gobierno conservador.

En 1968 lo acusaron 30 seminaristas de abusos, como si fuera un general no imputable. El diario La Jornada reconstruyó sus pecados con una precisión que le valió el Premio Nacional de Periodismo de México. Pero Roma no se dio cuenta y el Vaticano no dudó en faltar el respeto a la verdad, acogiendo la recomendación del Nuncio apostólico en México –M. Girolamo Prigioine–, y de los obisbos Onésimo Cepeda y Emilio Berlié, de la ultraderecha religiosa de América Latina. Con un dogmatismo fundamentalista exasperado, Maciel abrió en Roma el Ateneo Pontificio Regina Apostulorum. Los legionarios controlan 150 colegios, dispoonen de una serie de seminarios, desde Monterrey a São Paulo, en Brasil y en EEUU, en el ex imperio soviético ordenaron 550 sacerdotes, y 2.500 novicios y 60.000 laicos conforman una especie de tercer orden, el Reino de Cristo.

Tras haber ignorado por largos 10 años las probadas acusaciones en contra de Maciel, recién en 2004 el cardenal Ratzinger ¡por fin! decide analizar el caso y en 2006 se lo condena y es obligado a dejar la jefatura de la orden para dedicarse a una vida de oraciones y penitencia. Ningún proceso canónigo debido a su "avanzada edad", sólo la prohibición de celebrar la misa y hablar en público. Un castigo leve para los simples creyentes, pero terrible para el padre de los Legionarios: él esperaba ser beatificado con la misma velocidad que Balaguer, fundador del Opus Dei.

Una vanidad congelada en la eternidad y sin lograr un santo protector de su orden mientras crece la sospecha de los fieles sobre los manejos del vaticano.

Marcial Maciel tenía 87 añós, von Wermich 69; los fieles argentinos no quieren esperar 18 años para saber si la Iglesia decide alejarse de un cura como aquel.


mchierici2@libero.it


Addenda

Von Wermich, bajo nombre falso, fue párroco de la localidad de El Quisco, pueblo de unos 10.000 habitantes en el litoral central de Chile, a poco más de una hora de Santiago. Denunciado, ubicado y apresado fue extraditado a la Argentina, donde debió comparecer ante los tribunales y se lo condenó a prisión perpetua. La Iglesia chilena no acierta a explicar cómo ni por qué llegó el asesino a la parroquia de El Quisco.

***************************
*Periodista, especializado en asuntos de América Latina.

Publicado en el periódico L'Unita el cuatro de febrero de 2008.
Traducción para Piel de Leopardo de Luigi Lovecchio.

www.pieldeleopardo.com

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